En Barcelona tenemos un talento único: convertir debates sobre transporte en un circo. Y en este circo, últimamente, hay un payaso que se empeña en ir vestido de intelectual irónico: Ramón de España. El señor, en su último artículo, en Crónica Global, se dedica a rasgarse las vestiduras porque el “gobiernillo”, sí, lo llama así, como si estuviera en un monólogo de bar de madrugada, osa poner límites a las VTC (Uber, Cabify y Bolt) en Barcelona.
Lo primero que sorprende es el tono paternalista, condescendiente y rancio. Rancio como un jamón olvidado en un secadero franquista. Según él, los VTC son poco menos que los salvadores del ciudadano atrapado en la jungla urbana, mientras los taxistas serían una especie de ejército de cavernícolas gruñones que no dejan avanzar a la modernidad. Qué narrativa más cómoda: Silicon Valley contra el taxista de barrio. Tecnología contra gremio. Innovación contra los que “se cabrean”.
Lo que el señor de España omite —o ignora, que a veces es lo mismo— es que Uber, Cabify y Bolt no son precisamente ONGs filantrópicas al servicio de la ciudadanía. Su modelo de negocio se ha basado en precarizar conductores, inflar tarifas cuando más los necesitas (hola, precios dinámicos a 50 € por un trayecto de 10 minutos en lluvia) y saltarse regulaciones diseñadas para equilibrar el sector. ¿Competencia? Claro que sí. ¿Competencia justa? Ni por asomo.
El problema de Ramón no es que no entienda cómo funcionan las VTC. Es que le incomoda aceptar que en Barcelona haya una resistencia organizada a esa competencia desleal. Madrid, nos dice, funciona como la seda. Claro, y también funciona como la seda para las multinacionales que llevan años metiendo la cabeza allí con un marco normativo mucho más dócil. El “modelo Madrid” de Ayuso y Almeida es básicamente dejar que Uber haga lo que le dé la gana mientras los taxistas sobreviven como pueden. ¿Eso es modernidad? No, eso es servilismo de manual.
Aquí en Barcelona, por fortuna, hay quien dice: “Oye, igual no queremos que nuestra ciudad se convierta en un experimento neoliberal sobre ruedas”. Pero eso a Ramón le suena a atraso. Él quiere que todo se parezca a esa Arcadia feliz que se ha montado en su cabeza: el ciudadano moderno, cosmopolita y libre, pidiendo su Uber en una app brillante, mientras los pobres taxistas desaparecen como dinosaurios incapaces de evolucionar.
Y ya que estamos con la caricatura, qué decir de su obsesión con Tito Álvarez. El hombre no puede resistirse a sacar el comodín del “caudillo taxista” para ridiculizar a todo un gremio. Como si los 12.000 taxistas de Barcelona fueran clones de Tito, marchando en fila india al ritmo de tambores reivindicativos. Eso sí: de los miles de conductores de Uber que cobran sueldos de miseria, sin derecho a vacaciones, pagando el combustible y el coche, ahí no hay chistes, ahí no hay caudillos. Eso es “modernidad”. Qué curioso.
Lo más divertido de todo es que Ramón nos pinta a Uber, Cabify y Bolt como los portadores de los “derechos del ciudadano”. Sí, porque nada grita “derecho ciudadano” como una empresa con sede en Delaware evadiendo impuestos y reventando mercados locales. Lo próximo será defender que Amazon es el gran protector del pequeño comercio.
Al final, el problema de su artículo es que confunde pluralidad con monopolio privado. Que Uber y compañía arrasen con el mercado no significa que tengamos más opciones, significa que tarde o temprano nos quedaremos con una sola opción: la que ellos decidan. El taxi, con sus licencias, su fiscalización y su servicio 24/7, es incómodo, sí, pero es un servicio público regulado. Los VTC son una ruleta rusa financiera, y cuando la bala nos toque a los usuarios, Ramón de España ya habrá pasado página escribiendo otro articulito de barra de bar sobre lo “rancia” que es Barcelona.
Así que, mientras algunos lloran por los pobres VTC obligados a cumplir las normas, otros seguiremos señalando lo evidente: que no se puede llamar modernidad a la precariedad, ni libertad al monopolio. Y que, con todos sus defectos, el taxi sigue siendo un servicio más justo, más estable y más accesible que cualquier app que convierte la ciudad en un casino sobre ruedas.
Y Ramón, querido, lo tuyo no es cosmopolitismo ni ironía sofisticada. Es simple y llano viejismo disfrazado de progresismo. Un poquito de rigor no vendría mal: la modernidad no es dejarse colonizar por multinacionales, sino saber defender lo que es nuestro sin caer en el papanatismo de Silicon Valley.






























